lunes, 4 de marzo de 2019

UN NODO

Un NODO.

En el Centro de la Ciudad de México, hay un señor que va por las aceras cantándole a los edificios en ruinas cuya historia parece desconocida pero bien impregnada en sus cimientos.

En una tarde tranquila de viento delicado cuando las jacarandas ya posan con esa fineza tan suya sobre los árboles y acompañan a los enamorados y despojan sutilmente a los desenamorados de sus suspiros, iba un joven muchacho caminando, silbando, medio bailando por las aceras de la Ciudad, embelesado por la magia de esa tarde sentía que flotaba. El cielo estaba de fiesta, pintado de un hermoso naranja difuminado y un azul tan bien difuminado que parecía dar camino al infinito. Despreocupado seguía pues, él tenía un gran secreto que lo hacía feliz, era uno de los pocos amantes del presente, único habitante del instante. Sin perderse caminaba hacia el aparente nodo (para los que no sepan el significado de la palabra nodo; nodo viene de la combinación de las primeras consonantes de la palabra NaDa y las primeras vocales de la palabra tOdO), sentía la certeza de que aún no sabiendo a dónde, iba a llegar a algún lugar, no a cualquier lugar, al suyo, al lugar para el que nació. Ese día fue la presentación de su llamado.

Fueron pasando las estaciones del año una y otra vez, las jacarandas caían, parecían desaparecer, reaparecían una y otra vez. El joven tenía su territorio delimitado y todos los días lo recorría desde aquel día en que oyó la primer señal de su llamado, había algo en ese tramo que no estaba viendo y necesitaba para poder continuar. Pasaron sus años, dejó de ser joven por fuera, después se fue alejando de su amante el presente. Un día se le olvidó por qué caminaba tanto, por qué siempre por ese mismo rumbo, así que decidió sentarse un rato, miró las suelas de sus zapatos ¿hace cuánto que no se compraba un par de zapatos?, ¿en algún momento de su vida compró unos zapatos? No recordaba su vida, no recordaba haber tenido una vida. Desorientado, confundido y cansado miró hacia el cielo nublado, las gotas que cargaba el cielo se apiadaron de él y decidieron bajar bailando a acariciar su rostro envejecido. "Sal, saben a sal" y de pronto vio el mar y la noche y acarició la luna y viajó sobre una estrella por todos los rincones del mundo y sintió amor y odio y tristeza y pasión y lujuria y miedo y dolor y terror y vértigo y ¡NODO!. Regresó, se encontraba en la banca donde había decidido sentarse a descansar, la boca le sabía a melancolía y sus ojos eran hermosos cristales. Vio hacia el frente, un edificio en ruinas que quedó atrapado en medio de los edificios que con la elegancia que tenían apagaban su historia y bella melancolía. Fue entonces que el joven, ahora viejo, entendió por qué caminaba todos los días por ahí.
Ahora le canta a los edificios (hechos "invisibles"), todas las tardes cuando el sol se va despidiendo de él y agradeciéndole por una bella compañía y la luna llega a saludarlo (pues el sol y la luna quedaron en mutuo acuerdo no dejar solo al joven cantante de los edificios olvidados por tener un hermoso oficio). Los transeúntes ingenuos piensan que les canta a ellos pero no han puesto mucha atención. No se han fijado en sus ojos, no se han dado cuenta que ellos sólo van pasando por ahí y que a quienes dedica sus cantos puede que se queden ahí por un largo rato pues al parecer los olvidados permanecen y crecen.







V. B. L

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