martes, 5 de marzo de 2019

19 de Septiembre.

Yo tuve una lámpara roja, como Marte era hermosa (tenía estrellas atrapadas) pero asfixiante y venenosa, cuando la contemplaba los recuerdos me oprimian el cuerpo y resultaba difícil respirar y pensar; no me daba cuenta porque era un dolor que no quería dejar, era lo único que me quedaba, lo había pensado muchas veces atrás, regalarla, pero fue la única evidencia que conservé para tener la certidumbre de que existimos.

Desde niña había anhelado una lámpara de lava, un día se lo confesé mientras pasabamos por un puesto que las vendía, era de noche, preguntó por el precio y la compró, me regaló un contenedor de estrellas. Esa lámpara conservaba el Universo que sentí por él.
Yo me perdía por las noches en ella, aún más después de que él se fue, hasta que un día vino el terremoto y caminó por mi cuarto hasta llegar a ella, se tambaleo, cayó, se rompió y las estrellas del Universo se esparcieron por el suelo de mi habitación.
Las grietas no solo se hicieron en la tierra y a través de estas no solo salieron gases que no podía seguir conteniendo el centro del planeta, también se hicieron en las personas, yo, una obra en construcción, tuve una grieta en el cuerpo y gracias a eso pude volver a respirar porque descomprimió mi ser, abrió para permitir salir.

Ya no tengo lámpara de lava, ya no puedo perderme en ella mientras recordaba sus ojos, ya no veo estrellas subir y bajar, ya no siento el Universo, ahora la lámpara también es un recuerdo. No era inestable, solo se fue cuando el tiempo la reclamó.

V. B. L

No hay comentarios:

Publicar un comentario