Hoy, caminando por algún lugar de la ciudad, sentí su pasado; sus colinas, sus montañas, sus barrancas, sus ríos, sus valles, su calor, su agua, su fresco, su húmedad, sus árboles, su bosque; mientras recorría las calles, veía casas enormes de colores pasteles, vívidos, algunas (extrañas) edificaciones abandonadas que se conservan en esa bella aura que abraza el lugar sagrado donde alguien (alguna vez) fue feliz y se tuvo que ir porque la felicidad se termino y ya no se pudo crear más, y otras (aún más extrañas y también bellas) ruinas, sórdidas, quemadas, derrumbadas, oscuras, decoradas con telarañas y frío donde el eco queda resonando, unas huelen a madera y en otras uno puede advertir el paso de las polillas por sus huecos, encápsuladas en niebla invisible que mantiene levitando partículas de polvo que se suspenden en el rayo de sol que se escabulle por sus huecos o grietas. Salí de entre las calles, estaba (lo que la gente suele llamar perdida) descubriendo nuevos horizontes, me sentía en el corazón de la selva y cuando llegué a una avenida sentí como si hubiera salido de ese corazón que recorrí con mi mochila de viajera (llevaba una mochila, que no puedo usar muy seguido por su tamaño, es pequeña), mi cantinflora (mi botella de agua que me compraron en topper ware), mi sombrero de exploradora (cabello suelto), mi short de arqueóloga (pantalón de mezclilla) y mis botas de selva (unas botas de plástico, negras, con tacón que me hiceron una ampolla en la planta de mi pie).
Soy una exploradora, ya no puedo seguir negándolo, tengo que platicar con mis botas negras y pedirles que sean pacientes porque soy de recorridos largos y no podrán acompañarme muchas veces, tenemos que aceptar que soy una caminante y aún dentro de la ciudad viajo y me voy a selvas, a bosques, a desiertos, a puertos, a cafetales, a cosechas, a otros países, a otros tiempos y regreso para pararnos en la esquina de una diágonal y desde ahí sentir que hemos salido a un lugar alto, que por fin llegamos a una cima y podemos contemplar el paisaje desde ahí mientras sentimos al viento refrescarnos, revitalizarnos y miramos los edificios enormes y nos damos cuenta de lo pequeñas que somos, que nuestra relación es dolorosa, que no son aptas para mis pasos y que tendrán que esperar en casa porque ya no puedo salir sin mis botas de viajera, porque eso soy, porque no sé en qué momento me iré.
Quizá sea como las mujeres de Elena Garro y me vaya en una partícula de polvo o por las patas de una silla.
V. B. L