Vi el inminente desplome, esperé, anestesiadamente, a que la nube de polvo se terminara de dispersar, miré hacía el piso, caminé entre mis ruinas, busqué el principio, no lo encontré, agarré mis escombros, caminé con mis pedazos entre los brazos, seguí caminando hasta que llegué a un lugar vacío, tiré mis escombros, miré mis manos callosas por el peso y llenas de tierra, me senté, contemplé por largo tiempo el vacío, para cuando regresé ya había creado un pozo con el agua de mis ojos, contemplé el pozo y mis escombros, volví a ver mis manos, toque el agua con la yema de mis dedos y sentí como poco a poco penetraba cada cada capa de agua hasta que sumergí mis palmas por completo, las limpié, entre ellas agarré un poco de agua y refresqué mi rostro, mojé mi cabello, bebí un poco, la contemple, miré su calma, me vi en ella, suspiré, me levanté, caminé hacia mis escombros y comencé. Agarré mis escombros, los expandí, analicé su forma para ver cuál embonaba con el otro, tomé el primero, tomé el segundo, lo giré y lo uní con el primero, tomé el tercero y así sucesivamente… Ya cayó la noche, hace frío y hay un hermoso cielo oscuro lleno de estrellas, estoy bien, sigo agarrando mis pedazos, construyéndome de nuevo y de vez en cuando paro a refrescar mis ojos.
V. B. L.
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