Ya otras veces he resurgido. La primera vez lo hice con el teatro, cuando ya no me alcanzó, la vida me llevó a descubrir el canto que surge de la tierra y atraviesa la herida, había callado mucho y cuando abrí la boca para sonar (las palabras me dieron más miedo, me siguen dando miedo, pero mi necesidad de hablar y hacerme entender creció y a veces logro que el valor se apodere de mi y salga por mis cuerdas vocales), mi cuerpo estaba lastimado, ahora que siento a mi voz cansada, supongo que cada parte se ha tomado sus vacaciones, regreso a mi cuerpo, la misma voz me llevó a mi contenedor, me trajo de nuevo al movimiento, siempre es así solo que hoy es más claro; hoy resurgí después de quedarme aparentemente quieta mientras sentía y observaba como mis extremidades que no eran mías se movían, se alejaban, se agachaban, gateaban, se acercaban, y cuando se levantaron me terminaron reconstruyendo, hoy sentí (con las extremidades que sí son mías) que si me alejaba más me podía separar de mí, ¿Cómo me puedo separar de mí y quedar en mitades?, ahora no canto pero sigo haciendo lo que aprendí a reconocer y hacer con profundidad, respirar.
Mi cuerpo ha conocido diferentes vibraciones, las de mi primer amor cuando aún no era mi primer amor y solo se me acercaba y sentía que con su calor me arrancaba el alma, la del dolor en las noches cuando los recuerdos o añoranzas no dan tregua y se pelean con la realidad y el pecho funciona como ring para dejar moribunda a una de las dos (como los últimos días, porque a veces logro organizar el dolor, a veces puedo programar la noche- madrugada para recordar y llorar y a veces solo mis ojos se desbordan, como ayer que fui agua), generalmente las cosas pasan así; el recuerdo se fusiona con la añoranza, ilusión y esperanza, se vuelven potentes, le dan una aparente paliza a la realidad pero esta solo recibe los golpes pacientemente, sabe que va a ganar, y cuando la añoranza alimentó su ego y se confía, la realidad se para y con un solo movimiento la noquea, una batalla campal y sangrienta se arma en mi pecho, la añoranza, la ilusión, mi deseo de una realidad distinta a la que es, de una realidad como yo quiero que sea y no es, se pelean entre ellas por la presencia de la realidad que a lo lejos solo las mira y confunde hasta que se cansan, entonces entra a ponerle fin y la tarima del ring, que es mi pecho, por fin se quiebra. Mi cuerpo ha conocido las vibraciones del canto que me dejaba retumbando los sentimientos, los recuerdos, los pensamientos, los anhelos, el aliento, las ondas sonoras que salían de mí aunque solo cantara vocales y ahora, las del movimiento de todas y cada una de mis células expresadas en la danza que es mía, que emerge de mi cuerpo, de mi columna, del ser homólogo que soy. En todas estas me han guiado mujeres, excepto en mi origen en el teatro. Me faltó una, bueno dos, yo; la primera vez que resurgí fue cuando me agarré de ese salvavidas rosa, con hojas rosas también, rayaditas y la figura de una gata famosa en la parte superior izquierda, un candado y la cara de Kitty en la portada, que me regaló mi mamá, ese diario en donde empecé a escribir, fue mi primera forma de resurgir, me urgía aprender las letras y mi mamá me acercó todo para construirme, la primera guía ha sido ella, me ha dado las herramientas para salvarme yo, como ella se ha salvado así misma una y otra vez.
V. B. L
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