Una casa.
Clósets, ropa, muebles, toppers, cortinas, una cama...
La casa de mi abuela era muy grande, tenía ocho pisos, en medio de cada uno se podía ver el vacío que quedaba del piso al techo, era un cuadrado enorme y bonito el que se formaba; ya casi no tenía muebles, algunas cosas estaban regadas por el piso, ropa sin forma, roja, telas blancas. Era una casa muy ventilada y blanca, el aire se metía por las ventanas y jugaba con las cortinas (blancas también), entraba por ellas, hacía una panza con ellas o las dejaba adentro descansando como tablas.
Solo estábamos nosotras, solo me dejo a mí quedarme en su memoria para cuidarla, para solo observarla, acompañarla y dejarla ser, para que pudiera subir, bajar, acomodar o más bien desacomodar aunque en su mente ella limpiara, recogiera y ordenara, ella aún tenía cosas qué hacer pero realmente ya casi no quedaba nada más que unas cuantas cosas regadas, muchos pisos, un hueco hermoso en medio, una zotehuela grande con una lavadora, muchas ventanas con sus cortinas y una recámara con una cama, que desentonaba con la peculiar sencillez, elegancia y el espacio de su casa, parecida a donde vivimos (yo por quince años, ella más), era azul, cacariza, chica, llena de chunches, como le dice mi mamá a las cosas acumuladas, y una tele que siempre estaba encendida.
En esa casa blanca, grande, desierta, con cosas escasas, excepto en su cuarto, solo quedamos ella, yo, algunos de sus recuerdos desacomodados y mucho espacio... me da la impresión de que por tanto que se mete el aire un día va a terminar por desprender la casa y nos llevará volando.
V. B. L
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