Me sentí como un espejo roto, un costal con pedazos de vidrio y así caminé, cerré la boca del costal para no perder ningún pedazo, me cargué y me llevé al bosque.
El día que me rompí, ese día, me llevé a nadar, nadé en mis lagrimas y el agua me sostuvo aunque yo no lo supe; los otros días me llevé a clase de danza, a bailar, a caminar, al teatro, al cine, a la Biblioteca, y me sigo llevando a todas partes; ya entendí que el agua me sostiene, que en el mar no te puedes caer.
Ahora sigo nadando, ya no me da el mismo miedo que al principio, ahora sé que la sensación de la caída, de ceder, de dejarme caer, es fugaz; cada día la sensación es diferente, una caída suspendida que me eleva, me saca a flote, ahora mi cuerpo extraña el agua y cada que regresa a ella, hace fiesta. Ahora me entrego al agua, me ofrendo al mar.
V. B. L