jueves, 7 de marzo de 2019

Grises.

Fue un día fresco.

Cedí, me dejé caer al vacío que tenía preparado cuando unos ojos que no conocía se atravesaron enfrente de mí. Esta vez el tiempo no se paró ni aceleró, íbamos a la par, escuchándonos, sintiéndonos el tiempo y yo.
Escuchó mis suplicas y me extrajo de la realidad que ya no quería. Me llevó fuera de esa cápsula que es la ciudad, me puso con otras personas, me separó del ruido, me dejo (a momentos) sola y entonces pude escuchar y entonces pude ver y entonces ahí lo encontré.
Lo vi, vulnerable, en medio de esa nada en la que nos hallábamos, caminaba, hablaba, tocaba, respiraba, se ponía triste, se frustraba, se culpaba, a ratos se abstraía, se recuperaba, seguido reía y cómo reía, cuando él sonríe el foco del cuarto se funde y sus ojos se alargan hacia los lados y sus comisuras se arrugan. Así lo conocí, en una noche completamente oscura, cubiertos por el manto eterno del cielo, la luna y las estrellas que sí se veían, en medio de una noche profunda, en medio del silencio, en medio del viento que pasa rugiendo, se acercó a mí y así de cerca pude mirar su rostro a detalle; cuando observas a las personas en la noche da otra sensación, tiene otra luz, les pone zoom a los rasgos, los baña de un color tenue y gris.

Hacía un gran esfuerzo por ignorarlo pero cada que estaba apunto de decidir algo, él sin saberlo, se aparecía y su sola presencia modificaba mi decisión porque aparecía en el momento exacto. Esa noche, por primera vez, se acercó a mí, me resultó un tanto extraño, luego se acercó más, mis latidos comenzaron a acelerarse, pasó su brazo por mi cuello para abrazarme, la velocidad de mi sangre pinto mis mejillas, elevo mi temperatura, ¡Me estaba confundiendo!, él jamás había dado algún indicio que me hiciera pensar que también le pasaban cosas únicas al verme o al no verme, se pasó su hermoso cabello hacia el lado contrario para descubrir su rostro, mi sangre recorrió todo mi cuerpo a la velocidad de la luz, lo miré, me suspendí un segundo en lo que terminaba de reconocer su ser, sentí cómo el fuego salió de mi origen y dejé que siguiera su camino, se acomodaron nuestros rostros para crear la distancia o longitud perfecta entre nuestros labios, nos miramos como dos depredadores al acecho y  nos abalanzamos. Su boca embono perfectamente con la mía, sentí su calor, y sutilmente, despacito, con el silencio suspendido y protegiéndonos con su aura nos besámos, entonces volví, después de mucho tiempo, a cerrar los ojos.

V. B. L

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