domingo, 14 de julio de 2019

Gotera.

Hoy empezó a caer mi primera gotera; tengo una grieta en el techo de mi casa por la que se han filtrado pequeñas y lentas gotas después del diluvio de la madrugada. Me esperó, o al menos eso quiero pensar, la gota para caer, no sé cuánto tiempo habrá esperado a que yo pasara para reposar en mi piel, tampoco sé qué hubiera pasado si por un segundo me hubiera retrasado, pero todo sucedió a tiempo, pasé a tiempo y pudo resvalarse en mí, esa fue la primera gota y pensé, ¿Qué destino tienen en el mundo las gotas que se filtran por las grietas de los techos de las casas?, ¿Cuál es su razón de existir?, entonces me traje un banquito, no sin antes poner una jícara que estaba a la mano para escuchar si caía otra, bajé a toda velocidad mientras, como de costrumbre, iba contando, regresé a los 25 segundos, un poco agitada, y aún no caía la segunda gota, ni asomos se veía de ella, me senté y comencé a contarlas. Han caído 56, 56 veces he escuchado el sonido de una gota  romperse al contacto con la jícara y convertirse en cientos de miles de pequeñas gotas, haciendo eco. Las gotas caen cada 57 segundos, tienen una caída uniforme, las hay unas más gordas que otras, y otras más sonoras que algunas, cada gota canta diferente, supongo que es porque, a pesar de ser aparentemente idénticas, no son iguales, cada una ha hecho diferentes recorridos, éstas, por ejemplo, cayeron en mi techo, cerca de o en mero arriba de mi grieta.

Su trayectoría, después de caer del cielo, chocar con el techo y hacerse charquito, es convivir un rato con sus otras hermanas, fundirse, mezclarse, dejar de ser una y hacerse una con las otras, cada vez que una gota llega a un charquito, crece, no en tamaño si no en memoria, por eso las gotas de agua son sabias, tienen infinidad de mezclas, de experiencias, nada más basta escucharlas caer para saber que han tenido un sin fin de destinos, que su agua es milenaria, que se empapan de ellas y siguen siendo la gota que cayo del cielo, solo que ahora con más y diferentes partículas en su ser. Después de un rato de convivencia, sus hermanas empiezan a acercarla a la grieta, no es una pelea aunque parece como tal, una vez llegada a la grieta, se ponen a lo largo, todo lo demás es, dejarse caer, así su cuerpo se modifica, se distribuyen, se hacen un hilito, se filtran por los poros del ladrillo, llegan al otro lado de la grieta y comienzan a agruparse de nuevo, una porción de cada gota enfilada forma la nueva, que también es la antigua, tiene porción de ella y de sus hermanas, luego, se vuelve a dejar caer, así llegan a mi jícara y se vuelven a repartir y separar para espererar a sus otras partes que se han quedado en el techo, cada una tiene su trayecto, por eso conocen de todo, ellas son de mundo.

Mientras contaba su llegada, cuando me iba acercando al 57 me emocionaba, como cuando esperas a que suceda algo que ya sabes que va a pasar,  como cuando jugaba a las escondidas y me iba acercando al número en el que abriría los ojos y buscaría o me buscarían, así con el tiempo de las gotas, ésta que se está formando me emociona de una forma diferente porque será la número 57 de los 57 segundos en mi jícarita, y uno en esas coincidencias espera que suceda algo especial aunque nunca sucede y una lo sabe, solo espera más emocionada.

Quizá sea la última gota, no sé cuánto charco quede en el techo, no ha salido el sol para evaporarlo pero ya llevo sentada dos días, ahora tengo un charquito en mi jícara, yo creo que casi se termina de vacíar.

V. B. L

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