miércoles, 1 de mayo de 2019

El cielo en la tierra.

Hoy atravesé en medio del origen de un tornado. Hoy fui de barro, capaz de convertirme, adaptarme o dejarme llevar por el movimiento de mi interior, ese que ahora no tiene forma pero se mueve y se mueve y se mueve cada vez más, ese barro inquieto que yace en mí.   Hoy sentí el viento girando al rededor de una hoja; desde hace algunos días siento la sincronía del movimiento de todo lo que cruza, bicicletas, personas, carros, colores, sonidos y el silencio suspendido, partículas, polvo, sueños, recuerdos, pensamientos; en los últimos días el movimiento que veo, escucho o percibo de otros u otras me atraviesa y hacen perfectas líneas perpendiculares, paralelas o yuxtapuestas, encontradas o separadas pero todas conectadas, precisas, alrededor mío, infinitas y fugaces, este no es un movimiento que emane de mí, es uno que a mi alrededor danza. Desde hace algunos días siento la vida como rayos, líneas, perfectas y sincronizadas líneas que pueden entrar por el costado de mis ojos y pasar como un pedazo de vidrio fino que apenas rasga esa tela que me sostiene la mirada o por mis poros como un ligero escalofrío, o por mi pecho, mi estómago como un, apenas perceptible, retorcijon que viene desde mi sexo, mi cabeza, mis oídos, mis pies; en los últimos días he sentido que mis tobillos se quieren romper, romper hueso, dejar de ser huesos y correr, correr sin pies y sin volar, correr con los tobillos olvidados, destrozados, abandonados, con las articulaciones, nervios, huesos, piel, incompletos, completamente expuestos pero sin escurrir sangre; por todo mi cuerpo. A veces esas líneas, la vida, apenas me toca, me mueve sutilmente, tan sutilmente que a veces me tambalea y otras me voltea.

V. B. L

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